Varios hechos -además de los permanentes atentados, las bombas, los homicidios y secuestros cometidos por las organizaciones terroristas- han conmovido a la opinión pública colombiana en el lapso de muy pocos días:
En Bogotá, durante la noche de las brujas, un joven estudiante universitario es atacado por la espalda y golpeado brutalmente por dos hombres, hasta causarle la muerte; horas después, también en Bogotá, un conductor ebrio, manejando a gran velocidad, atropella a toda una familia -incluidos niños de corta edad- y a varias personas más, con un doloroso saldo; otro conductor, tras atropellar a varios motociclistas, es sacado del vehículo y linchado por la multitud, sin que agentes policiales pudieran evitarlo; en un centro comercial capitalino, la Policía logra impedir otro acto de linchamiento, esta vez contra un falsificador; una líder comunitaria es asesinada en Cali; atentado contra el gobernador de Arauca, Renson Jesús Martínez; atentado contra el senador Temístocles Ortega en la carretera Panamericana; ataque con explosivos en el batallón militar de Tunja.
La lista de actos violentos es más larga. Enunciamos, apenas, los que han sido materia de noticia en los medios de comunicación, en días recientes. Como tenemos mala memoria, las estadísticas nos dirán cuántos acontecimientos similares o más graves han tenido y tendrán lugar en el país a lo largo del año que está por concluir.
Lo que cabe destacar es el denominador común: el crimen, la violencia, la agresividad, la irresponsabilidad, el irrespeto a la vida, a la integridad, a los derechos de las personas.
Ante la frecuente ocurrencia de hechos como los enunciados, cabe entrar en la reflexión y en el análisis, no solamente por parte del Estado y de las autoridades sino de la comunidad en general, más allá de la simple información y conocimiento -con pronto olvido- de lo que pasa. Vale la pena la concientización de la sociedad entera; buscar que el respeto a la vida y a la legalidad, así como la asunción de las cargas y responsabilidades de cada uno y el cumplimiento de los propios deberes se constituyan en una cultura. De modo que la intolerancia, la agresividad y la respuesta violenta no sigan siendo la regla general. Para ello es indispensable la educación, que no consiste solamente en la transmisión mecánica de conocimientos sino, ante todo, en la formación integral.
En la tarea de configurar esa formación, desde la infancia, tienen que participar las familias, la sociedad, el Estado, las escuelas, colegios y universidades, las religiones, los medios de comunicación.
Algo se conseguiría si esa formación llevara a una cultura general de respeto colectivo al orden jurídico, a la legalidad, a unas reglas mínimas de convivencia.