LITERATURA Y DERECHO.- Los peligros que entrañan los delitos, la mentira y la traición, de aquellos perversos que solo buscan la satisfacción de sus intereses y de sus ambiciones. Destacado

“Dijo Dimna: “Los jueces nunca pueden fundar sus fallos en sus presunciones ni en las del público o los particulares. Vos, sabéis muy bien, señor juez, que la presunción no sustituye la verdad. Aunque cuando todos crean que soy el autor de este delito,  nadie más que yo conoce la verdad de mí mismo, y el conocimiento que tengo de mí mismo es claro, absoluto y libre de toda duda. Ni una sola de las acusaciones contra mí ha sido probada. Todas están en el terreno de la conjetura y de sospechas malévolas que mis enemigos han sembrado. Sólo en ellas están fundadas las falsas convicciones sobre mi culpabilidad y la gravedad de los cargos que me hacen.

 

Y si siendo inocente, callo y acepto como ciertos los cargos que me hacéis y la sanción que inevitablemente habrá de seguir, estaría agraviándome a mí mismo. ¿Cuál sería entonces mi disculpa ante mí mismo si contra mí mismo obrara mal, engañándome deliberadamente y aceptando mi destrucción a sabiendas de que soy inocente? ¿No es acaso mi vida lo que tengo de más caro en este mundo y lo que con mayor celo estoy obligado a defender?  Si en vez de ser el reo fuera el acusador, e imitando vuestro ejemplo quisiera obrar con vos o con los que aquí están presentes como procedéis conmigo, ni mi conciencia me lo permitiría, ni sería un acto que haría honor a mi carácter. Retirad pues, señor juez, vuestras palabras y reflexionad y meditad en vuestras afirmaciones. Si lo que pretendéis es aconsejarme, habéis equivocado la oportunidad; y si lo que os proponéis  es engañarme, estaríais violando los más sagrados principios de la justicia, porque nunca es tan abominable el engaño como cuando es premeditado. El engaño y la mentira deben ser siempre ajenos al espíritu de los jueces honestos. Habéis de saber que procediendo como lo hacéis, estáis sentando funestos antecedentes en la administración de la justicia. Todo el mundo obra y procede como proceden los jueces que administran justicia y cuyos procedimientos son imitados, aplicados y considerados como normas y leyes de conformidad con las cuales se sigue procediendo, y así el error puede convertirse en norma y ley que los envidiosos y malvados podrán invocar para cometer a su amparo toda clase de abusos. Y ya va a tal extremo mi infortunio, que no obstante que habéis sido siempre honesto, sincero y justo, ahora, en mi caso, de muy distinta manera estáis obrando; y así, de un lado dejáis los principios fundamentales de la ley, que es inmutable, y  la justicia que con tan insospechable pulcritud habéis administrado, para obrar ahora fundándose en conjeturas que según las circunstancias, que son variables, son interpretadas de una manera u otra. Los sabios han dicho: Quien pretende conocer lo que ignora o hace falsos testimonios, le sucede lo que le sucedió al halconero que quiso hacer expulsar al esclavo de su señor”.

 

Dijo el juez: “¿y cómo fue eso?”.

 

Dijo Dimna: “Cuentan que en una ciudad vivía un sátrapa muy nombrado que tenía a su servicio un esclavo, muy leal y honesto, a quien había confiado la custodia de sus caudales. Tenía el sátrapa también, un halconero, muy hábil en su oficio que poseía vastos conocimientos en las enfermedades de los halcones y en su tratamiento. El sátrapa lo tenía en un aprecio tan alto que con frecuencia lo invitaba a su casa y a departir con su familia. Y sucedió que cierto día el halconero sintió envidia hacia uno de los esclavos del rey al que pensó hacer caer en una celada para que su patrón lo expulsara. Pensó y caviló durante muchos días, pero no se le ocurría el recurso que había de garantizar el éxito de sus designios. Un día, como solía hacerlo, salió de cacería y logró coger dos loros polluelos; los trajo, los crió y, ya grandes, los separó dejando cada uno en una jaula. A uno de ellos le enseñó decir: “He visto al guardián acostado con la esposa de mi patrón”. Y enseñó al otro decir: “Es cierto”.

 

Cuando ya tenía los loros bien amaestrados los llevó al sátrapa. ¡Y qué maravillado quedó éste con las dos avecitas y con qué visible admiración las oía cuando hablaban. Nada entendía, sin embargo, de lo que decían, porque el halconero se lo había enseñado a decir en persa, lengua ésta que el sátrapa ignoraba. Día a día los quería más y nada lo divertía tanto como oírles hablar su idioma exótico.  Encargaba de su cuidado a su mujer y le encarecía su especial interés en darles de comer y beber.

 

Cierto día, dio la casualidad que llegaron a visitar a aquel sátrapa unos hombres de los más ilustres de Persia, a quienes recibió con todos los honores que al caso correspondía, les ofreció un suntuoso banquete y les obsequió con frutas y joyas en cantidades  enormes. Cuando terminaron de comer y pasaron a la conversación, ordenó el sátrapa al halconero que trajera los loros. Cuando éstos gritaron con sus voces y los oyeron los huéspedes y entendieron lo que decían, se miraron extrañados, sin decir palabra, unos a otros. Les preguntó el sátrapa el sentido de lo que decían, pero éstos se negaban a decir. Pero al fin ante su reiterada insistencia le dijeron: “Dicen tal y tal cosa contra tu esclavo, guardián de tus caudales”. Les solicitó que hablara con las dos aves cosas distintas; lo hicieron pero encontraron que nada más sabían, con lo cual quedó claramente demostrada la inocencia del guardián, la falsedad de los cargos que se le imputaban y la mala fe con que el halconero procedía.  Así con tono enérgico se dirigió a él el guardián y le preguntó: “¡ Oh enemigo de ti mismo! ¿Es cierto que tú me viste acostado con la esposa de mi señor?”. “Que sí te vi, contestó el halconero”.  A esa respuesta saltó un halcón y le reventó ambos ojos. Ante esto dijo el esclavo: “Bien mereces esta desgracia. Es el castigo de Dios por tu falso testimonio”.

 

“No os he citado esta fábula, señor juez, prosiguió Dimna, sino para que sepáis cómo son de funestas las consecuencias de los falsos testimonios en esta vida y la otra”.

 

Cuando el juez y sus colaboradores oyeron estas protestas de Dimna, redactaron un nuevo informe, consignaron en él todas las razones de Dimna, y lo entregaron al león, el cual después de leerlo, llamó a su madre y se lo leyó. Esta, entre otras cosas, le dijo: “Ya mi mayor preocupación, es que Dimna, tan perverso para hacer el mal y tan recursivo para eludir el castigo, llegue a maquinar contra ti, y caigas muerto víctima de su malévola industria. Más me preocupa ya tu suerte y tu seguridad que el delito de ese malhechor, que su perversidad, su perfidia y su acción criminal contra el mejor de sus consejeros y amigos, a quien, incitado por él, mataste injustamente”.

 

El león, hondamente impresionado por estas palabras dijo a su madre:

 

“Revélame el nombre del que te informó sobre Dimna y el delito que cometió, así, si lo mató, tendré razones para justificar mi decisión”.

 

Dijo ella: “Me disgusta delatar un secreto de que fui confidente y violar así los mandatos de los sabios que nos prohíben la indiscreción. Prefiero, más bien, pedirle su autorización a quien me confió tales informaciones para revelar su nombre, o si él prefiere, te informará directamente y te dirá lo que vio y oyó”.

 

Luego se retiró, hizo llamar al tigre y una vez presente, le hizo recordar la alta posición que ocupa en la corte, la gran estima en que lo tiene el león, la obligación que tiene para cooperar en el triunfo de la justicia, lo cual no se consigue sino dando su testimonio en el caso de Dimna. Le recalcó igualmente que su nobleza no podía permitirle persistir en el silencio porque de él dependía la suerte de los oprimidos y las razones que invocarían en su favor el día del juicio final. Después de mucha insistencia, accedió el tigre y dio su testimonio contando todo lo que había oído a Calila y Dimna.

 

Cuando el tigre acabó de rendir su testimonio, la pantera que estaba presa y que días atrás había oído el diálogo que se desarrolló entre Calila y Dimna, pidió que se le diera permiso de rendir su testimonio. El león accedió y la hizo comparecer. Así la pantera hizo sus declaraciones e informó  en detalle con qué severidad Calila había incriminado a Dimna y censurado su intromisión entre el león y el buey, la perversidad con que había obrado, las mentiras de que se había valido, las sospechas que había sembrado y sus incitaciones que acabaron por indisponer tanto al león contra el buey hasta llegar a matarlo y, finalmente, la aprobación de Dimna a todo esto.

 

Dijo el león: “¿Y qué te había impedido hacer estas declaraciones después de haber oído lo que dijeron?”.

 

Dijo la pantera: “Me lo impidió el saber que un testimonio sólo, es insuficiente para que se profiera una sentencia o para convencer o callar a un adversario, y así me disgustaba hablar inútilmente”.

 

Ordenó el león que los dos testigos fueran llevados ante Dimna y reiteraran en cara de él sus testimonios. Hecho esto, dio orden de ajustar las cadenas a Dimna. Cumplida la orden del león, Dimna fue abandonado en la cárcel donde a los pocos días murió de hambre.

 

Este fue el final de Dimna y las consecuencias funestas e inevitables a que conducen la mala fe, la envidia y la mentira.

 

Y dirigiéndose al rey de la India, concluyó diciendo Báidaba el filósofo:

 

“Los hombres que conozcan esta historia, si meditan y entienden los hechos en ella narrados, no tendrán dificultades en descubrir, cuántos peligros no entrañan los empeños de los malvados que por medio del delito, de la mentira y la traición buscan la satisfacción de sus intereses y de sus ambiciones;  y cómo el que mata o injustamente provoca la muerte de un inocente, no escapa al castigo merecido, y cómo, tarde o temprano, paga con su propia vida el precio de su delito”.”

 

Tomado del lIbro Calila y Dimna. Editorial BAIDABA. Séptima edición. Página 120-124

 

Modificado por última vez en Miércoles, 17 Mayo 2017 12:08
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